¡La ganadería en laderas montañosas erosiona y elimina los suelos!
El ganado vacuno no es habitante natural de laderas
montañosas en ningún lugar del mundo. Su gran peso, sus
patas y pezuñas son adaptaciones naturales a la vida en
terrenos planos, en los cuales el animal pasta por
cualquier sitio y raras veces pisa con frecuencia el mismo
lugar, permitiendo así que su alimento siempre pueda
producirse en grandes cantidades debido a que, en
densidades poblacionales óptimas, el suelo no pierde sus
facultades productivas con la pisada del ganado en ningún
lugar del área de pastoreo.

En las laderas montañosas, en contraste, la inclinación
natural del terreno hace que el ganado al caminar vaya
rompiendo y aplanando el suelo con sus pisadas y vaya
creando una miríada de caminos paralelos y escalonados,
que el animal utiliza para desplazarse y poder pastar. Se
produce entonces una erosión fuerte, escalonada, con
pasos estrechos, claros y definidos que han sido
aplanados por el efecto de la pisada lacerante de las
pezuñas y el gran peso del animal.

Es evidente que el material faltante en cada escalón, tuvo
dos destinos: a) una parte del material terroso queda
compactado en el sitio inutilizándolo permanentemente
como suelo productor y/o b) parte del material cae cerro
abajo por erosión laminar y escorrentía.
Estos pasos definidos por la pisada del ganado en las
laderas de los cerros, se entretejen e intercalan con
angostas franjas graminosas de las cuales se alimenta.

Para poder acceder a ellas, los caminos tienen que estar
muy cercanos y entrelazados unos a otros, produciéndose
un tejido de angostos senderos, visible desde largas
distancias y cuyo efecto erosivo de gran intensidad es
denominado “sobre-pastoreo.”

Desde luego, la pérdida definitiva y permanente de la
posibilidad de que crezca pasto en la “huella” del paso de
las frecuentes pisadas es evidente con el tiempo y persiste
aún después de mucho años de haber retirado el ganado -
si es que no se convierte en un efecto crónico.

De este modo, por cada hectárea de ladera, puede llegar a
perderse -en forma permanente- otra media hectárea de
superficie ocupada tan sólo por los derechos de paso de
las reses. Nada de esto ocurriría con tanta intensidad en
terrenos planos, el hábitat natural del ganado vacuno que
conocemos.

Desde de las carreteras vemos en las laderas de los
cerros que, con el tiempo, esta nociva práctica nos
conduce irremediablemente a la desertificación.
La tala, la quema, el pastoreo en laderas, la
introducción de pasto exótico y los cultivos errados
favorecen a pocos  y perjudican a todos los demás
La pisada constante
del ganado define y mantiene
senderos en los cuales destruye el suelo
ocupando gran parte de la superficie productiva